martes

La bala no era para Marcia

La sangre se regó en las piernas de Santiago. Laila, su madre, unos puestos más atrás trata de reponerse de la turbación provocada por el estrepito del disparó. Nadie puede entender lo que pasa, mucho menos Marcia que yace en las piernas de su hermano mayor con la mitad de la corteza cerebral desprendida y la masa encefálica expuesta, pagando deudas ajenas. Con 11 años no se tienen culpas de costos tan drásticos. 
Hace pocos minutos estaba tomada de la mano de Santiago, su hermano mayor por dos años. Ambos, hace un mes se estaban mudando junto a sus padres a un anexo en Colinas de Unare. A Laila no le importa que pasaba antes, solo le importa que de todas las cosas que podía haber hecho hoy martes 22 de septiembre de 2009 escogió la más irreversible: salir a buscarle cupo en algún colegio a sus muchachos.
El último intento del día lo hizo en el colegio Andrés Bello de Unare, donde le ofrecieron cupo solo a la niña, “yo los quiero tener juntos”, dice Laila, pero la directora del plantel responde con un “no” rotundo. Con la desazón, el cansancio y el sol inclemente del mediodía se debate entre la decisión de irse en taxi o en autobús, sin imaginar lo trascendental de aquel dilema cotidiano. 
Sin mucha determinación aborda al azar un transporte público color blanco; un blanco donde todos los otros colores sobresalen, como el rojo, por ejemplo. El rojo sangre que manchó la puerta blanca del bus por la que sacaron a Marcia con el hemisferio derecho destrozado. De los asientos azules solo queda un par. Uno pegadito al otro y ahí ubica a los chicos, juntos como los quiere tener. Unidos siempre su única niña y su único niño. Ella, vigilándoles desde atrás agotada por el recorrido, pero alerta.
No hay pasajeros de pie. Todos los asientos están ocupados. Héctor Torrealba conduce en santa paz. Así, como si nunca pasaría nada en la ciudad, ni el bus, ni a Marcia y Santiago a los que se les sale lo frágil por los ojos y van ahí en los últimos puestos confiados, más por el resguardo de su mamá que por el plan “Ciudad Guayana Segura” iniciado el viernes pasado, como antesala al fin de semana en que el municipio vio asesinadas a diez personas incluyendo al comerciante sirio que fue acribillado en su negocio.
En la avenida 3 de Unare II, en las adyacencias del Mercado Principal, frente a los bloques de Unare alguien pide parada. Dos hombres detienen su Hyundai Accent color verde al lado del bus blanco. Uno de los sujetos desembarca del vehículo, se aproxima a una de las ventanillas del transporte público, desenfunda el arma y dispara.

Gritos al unísono. Todos sentados llevan ambas manos a la cabeza y la esconden entre las rodillas.

-Marcia agáchate que están disparando –susurra Santiago al oído de su hermana.
Silencio… silencio…  silencio…
  Santiagola abraza.
Silencio.
Entrada frontal con salida lateral derecha, fue el recorrido que hizo la bala en el interior del cráneo fracturado de Marcia Ramos. Ella no tenía la culpa de todo esto.
Dos muchachitos que estaban al lado de la pareja de hermanitos esquivaron la bala que fue a dar en la frente de la niña. “El Kelvin” y “El Glorio” se levantan, descienden del bus pistola en mano y respondiendo a plomo la arremetida hecha desde el exterior. Mientras los justos pagan, los pecadores se escapan ilesos.
Los adolescentes se escabulleron por su territorio. Tenían residencia en el Bloque 13 de Unare, zona donde son conocidos como azotes. La contraparte son miembros de la banda “Los peluches”.  Todos huyeron sanos y salvos.
Laila reacciona en el infierno mismo, más cruento que la negativa de la directora del colegio. Nada puede ser más aterrador que la imagen de su única niña desangrándose en las piernas de su único niño. Con el corazón destrozado a puñaladas y un golpe seco en la boca del estómago los mira… así, juntos, pero no juntos como ella los quería tener.
Ahora los asientos vacíos se ven más azules. Laila ve todo gris pesadilla. Grita desesperada. Llora, llora mucho y grita. Le vibra la voz.

-¡¡Señor, ayúdeme!! -le dice al chofer bañada en llanto- ¡¡¡Vamos a llevarla a una clínica!!!

El conductor la mira sin saber qué hacer.

-¡¡Se lo suplico!! –grita mirándolo a los ojos mortalmente herida, tanto como su pequeña Marcia.
El hombre no atiende a la súplica.  
Héctor Torrealba luego declaró para un medio impreso que fue atacado por los nervios y estos lo inmovilizaron. 

Con la poca ayuda que le proporcionaron bajó a sus hijos del bus. Tiene las extremidades completas aunque todo el cuerpo le tiembla. En el ambiente hay un aire denso. Poco a poco se aglomera la gente, algunos transeúntes y dueños de tarantines y kiosquitos que ocupan las aceras tratan de socorrerla, pero lo que necesita no está a su alcance: un carro que la lleve con sus dos niños a la sala de emergencia más cercana.
Un camión se detiene, la madre abre la puerta y empieza a meter a la niña que se desangra.

     -¡¡señor lléveme a la Clínica, a mi hija le dieron un tiro en la cabeza!! –Una vez más ruega a gritos la mujer.

El hombre arranca despavorido al escuchar que se trata de disparos y casi las termina de matar.

  -¡¡¡Señooooooor, mi hija se está muriendo!!! -Solloza desgarradoramente con las últimas fuerzas de su alma.

Nadie sabe cuánto tiempo ha pasado. Ahora se ve llegar una patrulla de la policía para trasladar a Laila, Santiago y Marcia a la Clínica Unare, donde minutos después desembarcó de un carro de la empresa Electrificación del Caroní (Edelca), Humberto Ramos, padre esa familia. Los médicos suspenden el cronograma quirúrgico programado y atienden diligentemente a la niña. Luego de extraer la bala que milagrosamente no acabó con la vida de la menor, quitaron tejido de una de sus piernas para reponer el que se desprendió con el impacto, dejando expuesta la masa encefálica.
Ha transcurrido una semana. Marcia parece momificada con todas esas vendas en su cabeza y sus ojos. Cuando la fe se agotaba comenzó a dar señales de vida, después de estar aproximadamente siete días en estado de coma. En ese tiempo de ausencia llegaron conocidos y desconocidos. Periodistas inescrupulosos. Curiosos Imprudentes. Un funcionario de alto rango del Cuerpo de Investigaciones Científicas Penales y Criminalísticas (CICPC) con un ofrecimiento:

-Este es uno de los tipos -dijo, mostrándole una foto a Laila- ¿Qué tú dices lo matamos?

-No, yo no sé. Hagan su trabajo y más nada -dijo abrumada– a mí no me venga a preguntar esas cosas.

Dejó todo en manos de Dios y se alejó con las lágrimas empozadas. Marcia sobrevivió, está cerca de convertirse en quinceañera. El matrimonio Ramos Pérez hoy tiene una bebé de 1 añito y la impresión renovada de que alguien o algo los protege para siempre.

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