miércoles

Hablan los rincones de Macondo

Entrevista imaginaria


La tierra imaginaria de 
Gabriel García Márquez
Al escritor nunca le importó si realmente
el nombre pertenece a un árbol del trópico
o a una etnia errante. Simplemente su inspiración se permitió ubicarlo en una Colombia tan real como histórica y su memoria se quedó a vivir ahí para siempre.

La primera vez que tropecé con Macondo fue en páginas de La hojarasca, me hallé seducida por aquel ambiente mustio donde irrumpió la compañía bananera. En otros libros del mismo autor donde encontraba ese desolado pueblo, me provocaba besarlo en la boca y caminar sus calles de luto perenne.
Desde la adolescencia supe que sucumbiría a su sofocante poder de atracción. Mientras leía por segunda vez Cien años de soledad, un remolino mágico salió de las páginas y me absorbió. Ahí estaba, deslumbrada, con los ojos abiertos de par en par escuchando la voz sobria con que Macondo me invitaba a conocer cada espacio de su ser.
Siempre había pensado que Macondo y Aracataca eran la misma cosa, así que pregunté:
—¿Eres Macondo o Aracataca?
—Pues, te he visto por mucho tiempo ahí, del otro lado de las páginas y no te has dado cuenta de que somos las mismas: ella es el realismo y yo soy lo mágico, pero ambas existimos.
—No entiendo, ¿me explicas?
—Mi niña, Nicolás Márquez se fue jovencito para Aracataca y José Arcadio Buendía se vino para acá. Ambos dejaron su tierra natal después de matar a Medardo Pacheco y Prudencio Aguilar. Allá también hubo un coronel que promovió 32 guerras civiles y las perdió todas. Escapó a 14 atentados a 73 emboscadas y a un pelotón de fusilamiento.
 Macondo tiene cansancio, tose en cada pausa y mira con letargo. Se sienta en la entrada de su tierra, imitando la costumbre antaña de sus habitantes de sentarse en la puerta de las casas acaloradas; desde ahí, explica que en 2007 alguien trató de unificar el territorio de lo real y lo mágico, pero de los 7.400 votos requeridos se consiguieron 3.342, “gracias a Dios, o a Melquiades… o a los pescaditos del Coronel. Mejor, cada cosa en su lugar”.
De cualquier manera siempre serán familia, así como Úrsula en Macondo, y Tranquilina, la abuela de Gabo, en Aracataca. No solo comparten el apellido Iguarán, sino que ambas murieron locas y ciegas. Al respecto, Macondo revela que Úrsula era bruja “eso de estar ciega y saber dónde estaba el anillo de Fernanda Del Carpio es cosa de hechicería”.
—¡Ah! ¿Usted lo supone? Ya me estaba confundiendo.
—Estoy casi segura, aquí se ve de todo. Con decirte que vivimos con los muertos y a veces no se sabe quién es quién. Aquí las mujeres se van volando, como Remedios Buendía, ¿sabes? La de la cuarta generación, la hija de Santa Sofía de la Piedad y Arcadio... Arcadio, el hijo de Pilar Ternera con José Arcadio… José Arcadio, el hijo de Ursulita y José Arcadio Buendía, los primeritos que llegaron aquí. Bueno, a ella le decían Remedios, la Bella y un buen día se fue volando.
—Parece recordar en orden cronológico a todos los Buendía ¿Los conoció bien?
—Ese apellido es un pueblo triste. A quien lo lleve me lo sé de memoria por dentro y por fuera.
De pronto un ventarrón salvaje sacude la túnica envejecida de aquel personaje profundamente enigmático de cabellos grises infinitos con hilos de plata, piel curtida, arrugas inefables, mirada antigua y manos de baúl inescrutable. El polvo se levanta. Caminamos despacio y en silencio con el ceño fruncido por el sol. Sin aviso, supe cuando estuvimos en las ruinas de la casa de la vieja estirpe. Macondo lloró.
—¿Por qué llora? -Pregunté llorando.
—Por Sacramento.
—Pensé que no había quedado rastro de esta casa cuando Aureliano Babilonia descifró los pergaminos.
—Esto es la antología de todas las nostalgias, y de todas las soledades. Mira las mariposas amarillas, la multitud de hormigas, los pescaditos de oro. Son cosa de otro mundo. La inclemencia del viento no pudo arrancar por completo los cimientos de esta casa.
Las mariposas amarillas parecen dormidas, son incontables. Las hormigas tienen intacto al niño con cola de cerdo. Los pescaditos de oro se reproducen espontáneamente y mueven la colita. La sensación de desamparo es palpable, nítida, ese es el estado natural de este lugar donde no se sabe si se está acabando el mundo o es que no termina de empezar.
Cuando Macondo es interpelada acerca del significado de las ventoleras repentinas, dice que es un lenguaje indescifrable, tal vez una alegoría de las costumbres gitanas. Además recuerda que ese estigma aparece en momentos extraordinarios, por ejemplo, cuando llegó la compañía bananera.
—A propósito, ¿le parece que la huelga bananera marcó un antes y un después en su vida?
—Antes en Macondo no pasaba nada… con decirte que no teníamos cementerio. No teníamos problemas, sino misterios: la peste del insomnio que luego provocó el olvido. Llegó esa gente con sus cosas, y contaminó todo. Después de que pasó lo que pasó, llovió para siempre y seguimos más desolados y desamparados que nunca… como siempre.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Si estás aquí sabes de qué te hablo.
—De cómo terminó la huelga, supongo ¿usted cree en lo que dijo José Arcadio Segundo?
—Él dice que fueron tres mil muertos, que se los llevaron en doscientos vagones y los lanzaron al mar, el resto dice que aquí no hubo muertos. Las dos cosas son verdad, según cómo se mire. Aquí a veces todos parecen muertos, pero suenan las campanas para la misa y se escuchan los ruidos domésticos. Cuando vemos a un vivo resulta que está hablando con un muerto.
Macondo asegura que ahí están todos eternamente, aunque a veces no haya nadie. Habla en español, pero el significado de sus palabras parece tener sentido en un idioma incierto, algo así como los pergaminos del gitano.
Caminando las calles de aquel pueblo tan real como inverosímil, me detengo a descansar, bajo la mirada y encuentro un largo hilo de sangre que parece reciente, lo sigo con la mirada hasta donde es posible. Mi impresión es inmensurable al comprender que se trata de la sangre de José Arcadio, que viene desde la casa que compartía con Rebeca, atraviesa todo el pueblo hasta llegar a los pies de Úrsula, su madre.
Al levantar la cabeza veo la imagen espectral de Úrsula caminando a paso rápido, bañada en sudor y encorvada siguiendo el hilo de sangre en sentido contrario. Traté de compartir mi emoción con aquel ser extraordinario que me acompaña, pero se había esfumado. Ahora me hablaba desde cualquier parte: el viento, los almendros, las begonias.
 —¿Dónde estás?
—Aquí, eternamente. Plasmada en la memoria de los hombres.

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